4 abril 2021 | Cartas

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LAS REUNIONES DE PRIMAVERA 2021 DEL GRUPO BANCO MUNDIAL Y DEL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL

Al Grupo del Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional

Agradezco la amable invitación para dirigirme a los participantes en las Reuniones de Primavera 2021 del Grupo del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional mediante esta carta, que he entregado al cardenal Peter Turkson, Prefecto del Dicasterio de la Santa Sede para la Promoción del Desarrollo Humano Integral.

En este último año, como consecuencia de la pandemia de Covid-19, nuestro mundo se ha visto obligado a enfrentarse a una serie de graves e interrelacionadas crisis socioeconómicas, ecológicas y políticas. Espero que vuestras discusiones contribuyan a un modelo de «recuperación» capaz de generar soluciones nuevas, más inclusivas y sostenibles para apoyar la economía real, ayudando a los individuos y a las comunidades a alcanzar sus aspiraciones más profundas y el bien común universal. La noción de recuperación no puede contentarse con una vuelta a un modelo de vida económica y social desigual e insostenible, en el que una exigua minoría de la población mundial posee la mitad de la riqueza.

A pesar de nuestras profundas convicciones de que todos los hombres y mujeres han sido creados iguales, muchos de nuestros hermanos y hermanas en la familia humana, especialmente los que están en los márgenes de la sociedad, están efectivamente excluidos del mundo financiero. La pandemia, sin embargo, nos ha recordado una vez más que nadie se salva solo. Si queremos salir de esta situación como un mundo mejor, más humano y solidario, hay que idear formas nuevas y creativas de participación social, política y económica, sensibles a la voz de los pobres y comprometidas con su inclusión en la construcción de nuestro futuro común (cf. Fratelli tutti, 169). Como expertos en finanzas y economía, sabéis bien que la confianza, nacida de la interconexión entre las personas, es la piedra angular de todas las relaciones, incluidas las financieras. Esas relaciones sólo pueden construirse mediante el desarrollo de una «cultura del encuentro» en la que todas las voces puedan ser escuchadas y todos puedan prosperar, encontrando puntos de contacto, tendiendo puentes y previendo proyectos inclusivos a largo plazo (cf. ibíd., 216).

Aunque muchos países están consolidando ahora sus planes individuales de recuperación, sigue siendo urgente un plan global que pueda crear nuevas instituciones o regenerar las existentes, en particular las de gobernanza global, y que ayude a construir una nueva red de relaciones internacionales para avanzar en el desarrollo humano integral de todos los pueblos. Esto significa necesariamente dar a las naciones más pobres y menos desarrolladas una participación efectiva en la toma de decisiones y facilitar el acceso al mercado internacional. Un espíritu de solidaridad mundial exige también, como mínimo, una reducción significativa de la carga de la deuda de las naciones más pobres, que se ha visto agravada por la pandemia. Reducir la carga de la deuda de tantos países y comunidades hoy en día, es un gesto profundamente humano que puede ayudar a las personas a desarrollarse, a tener acceso a las vacunas, a la salud, a la educación y al empleo.

Tampoco podemos pasar por alto otro tipo de deuda: la «deuda ecológica» que existe especialmente entre el norte y el sur mundial. De hecho, estamos en deuda con la propia naturaleza, así como con las personas y los países afectados por la degradación ecológica y la pérdida de biodiversidad inducidas por el ser humano. A este respecto, creo que la industria financiera, que se distingue por su gran creatividad, se mostrará capaz de desarrollar mecanismos ágiles para calcular esta deuda ecológica, de modo que los países desarrollados puedan pagarla, no sólo limitando significativamente su consumo de energía no renovable o ayudando a los países más pobres a promulgar políticas y programas de desarrollo sostenible, sino también cubriendo los costes de la innovación necesaria para ello (cf. Laudato si’, 51-52).

Para un desarrollo justo e integrado es fundamental una profunda apreciación del objetivo y fin esencial de toda vida económica, es decir, el bien común universal. De ello se desprende que el dinero público nunca puede estar desvinculado del bien público, y que los mercados financieros deben estar respaldados por leyes y regulaciones destinadas a garantizar que realmente funcionen para el bien común. El compromiso con la solidaridad económica, financiera y social implica, por tanto, mucho más que comprometerse con actos esporádicos de generosidad. «Es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero. […] La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares» (Fratelli tutti116).

Es hora de reconocer que los mercados —en particular los financieros— no se gobiernan a sí mismos. Los mercados deben estar respaldados por leyes y regulaciones que aseguren que trabajan para el bien común, garantizando que las finanzas —en vez de ser meramente especulativas o financiarse a sí mismas— trabajen para los objetivos sociales tan necesarios en el contexto de la actual emergencia sanitaria mundial. En este sentido, necesitamos especialmente una solidaridad en materia de vacunas justamente financiada, ya que no podemos permitir que la ley del mercado prevalezca sobre la ley del amor y la salud de todos. En este sentido, reitero mi llamamiento a los gobernantes, a las empresas y a las organizaciones internacionales para que colaboren en el suministro de vacunas para todos, especialmente para los más vulnerables y necesitados (cf. Mensaje Urbi et Orbi, Navidad 2020).

Espero que en estos días vuestras deliberaciones formales y vuestros encuentros personales den mucho fruto para el discernimiento de soluciones acertadas para un futuro más inclusivo y sostenible. Un futuro en el que las finanzas estén al servicio del bien común, en el que los vulnerables y los marginados se sitúen en el centro, y en el que la tierra, nuestra casa común, esté bien cuidada.

Con mis mejores deseos y oraciones para que los encuentros sean fructíferos, invoco sobre todos los participantes las bendiciones divinas de sabiduría y comprensión, buen consejo, fortaleza y paz.

Desde el Vaticano, 4 de abril de 2021