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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 108ª JORNADA MUNDIAL DEL MIGRANTE Y DEL REFUGIADO 2022

«No tenemos aquí abajo una ciudad permanente, sino que buscamos la futura» (Hb
13,14).
Queridos hermanos y hermanas:
El sentido último de nuestro “viaje” en este mundo es la búsqueda de la verdadera
patria, el Reino de Dios inaugurado por Jesucristo, que encontrará su plena
realización cuando Él vuelva en su gloria. Su Reino aún no se ha cumplido, pero ya
está presente en aquellos que han acogido la salvación. «El Reino de Dios está en
nosotros. Aunque todavía sea escatológico, sea el futuro del mundo, de la
humanidad, se encuentra al mismo tiempo en nosotros». (S. Juan Pablo II, Visita a
la parroquia romana de San Francisco de Asís y Santa Catalina de Siena, Patronos
de Italia (26 noviembre 1989))
La ciudad futura es una «ciudad de sólidos cimientos, cuyo arquitecto y constructor
es Dios» (Hb 11,10). Su proyecto prevé una intensa obra de edificación, en la que
todos debemos sentirnos comprometidos personalmente. Se trata de un trabajo
minucioso de conversión personal y de transformación de la realidad, para que se
adapte cada vez más al plan divino. Los dramas de la historia nos recuerdan cuán
lejos estamos todavía de alcanzar nuestra meta, la Nueva Jerusalén, «morada de
Dios entre los hombres» (Ap 21,3). Pero no por eso debemos desanimarnos. A la
luz de lo que hemos aprendido en las tribulaciones de los últimos tiempos, estamos
llamados a renovar nuestro compromiso para la construcción de un futuro más
acorde con el plan de Dios, de un mundo donde todos podamos vivir dignamente en
paz.
«Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y
una tierra nueva donde habitará la justicia» (2 P 3,13). La justicia es uno de los
elementos constitutivos del Reino de Dios. En la búsqueda cotidiana de su voluntad,
ésta debe edificarse con paciencia, sacrificio y determinación, para que todos los
que tienen hambre y sed de ella sean saciados (cf. Mt 5,6). La justicia del Reino
debe entenderse como la realización del orden divino, de su armonioso designio,
según el cual, en Cristo muerto y resucitado, toda la creación vuelve a ser “buena”
y la humanidad “muy buena” (cf. Gn 1,1-31). Sin embargo, para que reine esta
maravillosa armonía, es necesario acoger la salvación de Cristo, su Evangelio de
amor, para que se eliminen las desigualdades y las discriminaciones del mundo
presente.
Nadie debe ser excluido. Su proyecto es esencialmente inclusivo y sitúa en el centro
a los habitantes de las periferias existenciales. Entre ellos hay muchos migrantes y
refugiados, desplazados y víctimas de la trata. Es con ellos que Dios quiere edificar
su Reino, porque sin ellos no sería el Reino que Dios quiere. La inclusión de las
personas más vulnerables es una condición necesaria para obtener la plena
ciudadanía. De hecho, dice el Señor: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en
herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve
hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de
paso, y me alojaron; desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y
me vinieron a ver» (Mt 25,34-36).
Construir el futuro con los migrantes y los refugiados significa también reconocer y
valorar lo que cada uno de ellos puede aportar al proceso de edificación. Me gusta
ver este enfoque del fenómeno migratorio en unavisión profética de Isaías, en la
que los extranjeros no figuran como invasores y destructores, sino como
trabajadores bien dispuestos que reconstruyen las murallas de la Nueva Jerusalén,
la Jerusalén abierta a todos los pueblos (cf. Is 60,10-11).
En la misma profecía, la llegada de los extranjeros se presenta como fuente de
enriquecimiento: «Se volcarán sobre ti los tesoros del mar y las riquezas de las
naciones llegarán hasta ti» (60,5). De hecho, la historia nos enseña que la
aportación de los migrantes y refugiados ha sido fundamental para el crecimiento
social y económico de nuestras sociedades. Y lo sigue siendo también hoy. Su
trabajo, su capacidad de sacrificio, su juventud y su entusiasmo enriquecen a las
comunidades que los acogen. Pero esta aportación podría ser mucho mayor si se
valorara y se apoyara mediante programas específicos. Se trata de un enorme
potencial, pronto a manifestarse, si se le ofrece la oportunidad.
Los habitantes de la Nueva Jerusalén —sigue profetizando Isaías— mantienen
siempre las puertas de la ciudad abiertas de par en par, para que puedan entrar los
extranjeros con sus dones: «Tus puertas estarán siempre abiertas, no se cerrarán
ni de día ni de noche, para que te traigan las riquezas de las naciones» (60,11). La
presencia de los migrantes y los refugiados representa un enorme reto, pero
también una oportunidad de crecimiento cultural y espiritual para todos. Gracias a
ellos tenemos la oportunidad de conocer mejor el mundo y la belleza de su
diversidad. Podemos madurar en humanidad y construir juntos un “nosotros” más
grande. En la disponibilidad recíproca se generan espacios de confrontación fecunda
entre visiones y tradiciones diferentes, que abren la mente a perspectivas nuevas.
Descubrimos también la riqueza que encierran religiones y espiritualidades
desconocidas para nosotros, y esto nos estimula a profundizar nuestras propias
convicciones.
En la Jerusalén de las gentes, el templo del Señor se embellece cada vez más
gracias a las ofrendas que llegan de tierras extranjeras: «En ti se congregarán
todos los rebaños de Quedar, los carneros de Nebaiot estarán a tu servicio: subirán
como ofrenda aceptable sobre mi altar y yo glorificaré mi Casa gloriosa» (60,7). En
esta perspectiva, la llegada de migrantes y refugiados católicos ofrece energía
nueva a la vida eclesial de las comunidades que los acogen. Ellos son a menudo
portadores de dinámicas revitalizantes y animadores de celebraciones vibrantes.
Compartir expresiones de fe y devociones diferentesrepresenta una ocasión
privilegiada para vivir con mayor plenitud la catolicidad del pueblo de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, y especialmente ustedes, jóvenes, si queremos
cooperar con nuestro Padre celestial en la construcción del futuro, hagámoslo junto
con nuestros hermanos y hermanas migrantes y refugiados. ¡Construyámoslo hoy!
Porque el futuro empieza hoy, y empieza por cada uno de nosotros. No podemos
dejar a las próximas generaciones la responsabilidad de decisiones que es necesario
tomar ahora, para que el proyecto de Dios sobre el mundo pueda realizarse y venga
su Reino de justicia, de fraternidad y de paz.
Oración
Señor, haznos portadores de esperanza,
para que donde haya oscuridad reine tu luz,
y donde haya resignación renazca la confianza en el futuro.
Señor, haznos instrumentos de tu justicia,
para que donde haya exclusión, florezca la fraternidad,
y donde haya codicia, florezca la comunión.
Señor, haznos constructores de tu Reino
junto con los migrantes y los refugiados
y con todos los habitantes de las periferias.
Señor, haz que aprendamos cuán bello es
vivir como hermanos y hermanas. Amén.
Roma, San Juan de Letrán, 9 de mayo de 2022

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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD EL PAPA FRANCISCO A CANADÁ (24-30 DE JULIO DE 2022) ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES CIVILES, REPRESENTANTES DE LOS PUEBLOS INDÍGENAS Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO DISCURSO DEL SANTO PADRE

[…] La Santa Sede y las comunidades católicas locales mantienen una voluntad
concreta respecto a la promoción de las culturas indígenas, con caminos espirituales
específicos y apropiados, que incluyan la atención a sus tradiciones culturales, sus
costumbres, sus lenguas y sus procesos educativos propios, en el espíritu de la
Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Es
nuestro deseo renovar la relación entre la Iglesia y los pueblos indígenas de
Canadá, una relación marcada tanto por un amor que ha dado grandes frutos como
también, lamentablemente, por heridas que nos estamos esforzando en
comprender y sanar. Estoy muy agradecido por haber conocido y escuchado a
varios representantes de los pueblos indígenas durante los últimos meses en Roma,
y por poder afianzar, aquí en Canadá, las hermosas relaciones que hemos
entablado. Los momentos que vivimos juntos han dejado en mí una huella y el
firme deseo de responder a la indignación y la vergüenza por el sufrimiento que
soportaron los indígenas, recorriendo un camino fraternal y paciente con todos los
canadienses conforme a la verdad y la justicia, esforzándonos por la sanación y la
reconciliación, animados siempre por la esperanza.
Aquella «historia de dolor y de desprecios», originada por una mentalidad
colonizadora, «no se sana fácilmente». Al mismo tiempo, nos advierte que «la
colonización no se detiene, sino que en muchos lugares se transforma, se disfraza y
se disimula» (Exhort. ap. Querida Amazonia, 16). Este es el caso de las
colonizaciones ideológicas. Si en su momento la mentalidad colonialista se
desentendió de la vida concreta de los pueblos, imponiendo modelos culturales
preestablecidos, tampoco faltan hoy colonizaciones ideológicas que contrastan la
realidad de la existencia y que sofocan el apego natural a los valores de los
pueblos, intentando desarraigar sus tradiciones, su historia y sus vínculos
religiosos. Se trata de una mentalidad que, presumiendo de haber superado “las
oscuras páginas de la historia”, da cabida a la así llamada cultura de la cancelación,
que juzga el pasado sólo en función de algunas, de ciertas, categorías actuales. Así
se implanta una moda cultural que estandariza, que vuelve todo igual, que no
tolera las diferencias y se centra sólo en el momento presente, en las necesidades y
los derechos de los individuos, descuidando a menudo los deberes hacia los más
débiles y frágiles; los pobres, los emigrantes, los mayores, los enfermos, los no
nacidos… Son ellos los olvidados por las sociedades del bienestar; son ellos los que,
en la indiferencia general, son descartados como hojas secas para ser quemadas.
Por otro lado, el rico follaje multicolor de los árboles de arce nos recuerda la
importancia de la totalidad, la importancia de promover comunidades humanas que
no uniformen, sino que sean realmente abiertas e inclusivas. Y así como cada hoja
es esencial para enriquecer el follaje, también cada familia, célula fundamental de
la sociedad, debe ser valorada, porque «el futuro de la humanidad se fragua en la
familia» (S. Juan Pablo II, Exhort. ap. Familiaris consortio, 86). Ella es la primera
realidad social concreta, pero se ve amenazada por muchos factores, como la
violencia doméstica, la intensificación del trabajo, la mentalidad individualista, el
afán desenfrenado de hacer carrera, el desempleo, la soledad de los jóvenes, el
abandono de los mayores y de los enfermos… Los pueblos indígenas tienen mucho
que enseñarnos sobre el cuidado y la protección de la familia, donde ya desde niños
se aprende a reconocer lo que está bien y lo que está mal, a decir la verdad, a
compartir, a corregir los errores, a empezar de nuevo, a darse ánimo, a
reconciliarse. Que el mal sufrido por los pueblos indígenas, y del que hoy nos
avergonzamos, nos sirva de advertencia hoy, para que no se deje de lado el
cuidado y los derechos de la familia en nombre de eventuales necesidades
productivas e intereses individuales.
Volvamos a la hoja de arce. En tiempos de guerra, los soldados la utilizaban como
venda y emplasto para las heridas. Hoy, ante la locura sin sentido de la guerra,
necesitamos de nuevo calmar los extremismos de la contraposición y curar las
heridas del odio. Una testigo de algunas trágicas violencias del pasado dijo
recientemente que «la paz tiene su propio secreto: no odiar nunca a nadie. Si se
quiere vivir no se debe odiar nunca» (Entrevista a E. Bruck, en Avvenire, 8 marzo
2022). No necesitamos dividir el mundo en amigos y enemigos, distanciarnos y
armarnos hasta los dientes: no será la carrera armamentística ni las estrategias de
disuasión las que traigan la paz y la seguridad. No hay que preguntarse cómo
continuar las guerras, sino cómo detenerlas. E impedir que los pueblos vuelvan a
ser rehenes de las garras de espantosas guerras frías que todavía se extienden. Se
necesitan políticas creativas y con visión de futuro, que sepan romper los esquemas
de los bandos para dar respuestas a los retos globales.
Los grandes retos actuales, como la paz, el cambio climático, los efectos de las
pandemias y las migraciones internacionales, están unidos por una constante: son
globales, son retos globales, afectan a todos. Y si todos ellos hablan de la necesidad
del conjunto, la política no puede quedar prisionera de los intereses partidistas. Hay
que saber mirar, como enseña la sabiduría indígena, a las siete generaciones
futuras, no a la conveniencia inmediata, a los plazos electorales o al apoyo de los
lobbies. Y también valorar los deseos de fraternidad, justicia y paz de las jóvenes
generaciones. Sí, para recuperar la memoria y la sabiduría es necesario escuchar a
los mayores, y para tener impulso y futuro es necesario abrazar los sueños de los
jóvenes. Ellos se merecen un futuro mejor que el que les estamos preparando, se
merecen participar en las decisiones sobre la construcción del hoy y del mañana,
especialmente sobre el cuidado de la casa común, para el cual los valores y las
enseñanzas de los pueblos indígenas son valiosos. A este respecto, me gustaría
agradecer el encomiable compromiso local en favor del medio ambiente. Casi se
podría decir que los emblemas extraídos de la naturaleza, como el lirio en la
bandera de esta provincia de Quebec, y la hoja de arce en la del país, confirman la
vocación ecológica de Canadá.
Cuando la comisión correspondiente evaluó los miles de bocetos recibidos para la
realización de la bandera nacional, muchos de ellos presentados por personas
comunes, sorprendió que casi todos ellos contuvieran la representación de la hoja
de arce. La participación en torno a este símbolo compartido me sugiere subrayar
una palabra clave para los canadienses: multiculturalismo. Este está en la base de
la cohesión de una sociedad tan diversa como son los colores de las copas de los
árboles de arce. La misma hoja de arce, con su multiplicidad de puntas y lados,
sugiere una figura poliédrica, mostrando que ustedes son un pueblo capaz de
incluir, para que los que vengan puedan encontrar un lugar en esa unidad
multiforme y aportar su propia y original contribución (cf. Exhort. ap. Evangelii
gaudium, 236). El multiculturalismo es un reto permanente; se trata de acoger y
abrazar a los distintos componentes presentes, respetando, al mismo tiempo, la
diversidad de sus tradiciones y culturas, sin suponer que el proceso esté concluido
de una vez para siempre. En este sentido, expreso mi agradecimiento por la
generosidad en acoger a numerosos inmigrantes ucranianos y afganos. Pero
también es necesario trabajar para superar la retórica del miedo hacia los
inmigrantes y darles, según las posibilidades del país, una oportunidad concreta de
participar responsablemente en la sociedad. Para ello, los derechos y la democracia
son indispensables. También es necesario hacerle frente a la mentalidad
individualista, recordando que la vida en común se basa en premisas que el sistema
político por sí solo no puede producir. También en esto, la cultura indígena es un
gran apoyo al recordarnos la importancia de los valores de la socialización. Y
también la Iglesia católica, con su dimensión universal y su atención hacia los más
frágiles, con su legítimo servicio a favor de la vida humana en todas sus etapas,
desde la concepción hasta la muerte natural, se complace en ofrecer su
contribución.
En estos últimos días, he sabido de numerosas personas necesitadas que llaman a
las puertas de las parroquias. Incluso en un país tan desarrollado y avanzado como
Canadá, que dedica mucha atención a la asistencia social, no son pocos los
indigentes que dependen de las iglesias y los bancos de alimentos para obtener la
ayuda y el apoyo básicos, que —no lo olvidemos— no son sólo materiales. Estos
hermanos y hermanas nos llevan a considerar la urgencia de trabajar para remediar
la radical injusticia que contamina nuestro mundo, a causa de la cual la abundancia
de los dones de la creación se distribuye de forma demasiado desigual. Es
escandaloso que la riqueza generada por el desarrollo económico no beneficie a
todos los sectores de la sociedad. Y es triste que sea precisamente entre los nativos
donde se registran a menudo muchos índices de pobreza, a los que se unen otros
indicadores negativos, como la baja escolarización, el no fácil acceso a la vivienda y
a la asistencia sanitaria. Que el emblema de la hoja de arce, que aparece
habitualmente en las etiquetas de los productos del país, sea un incentivo para que
todos tomen decisiones económicas y sociales encaminadas al compartir y al
cuidado de los necesitados.
Sólo trabajando juntos, mano a mano, es como podemos hacer frente a los
apremiantes retos de hoy. Les agradezco su hospitalidad, su atención y su estima,
diciéndoles con sincero afecto que llevo a Canadá y su gente muy cerca de mi
corazón. […]

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA «EU YOUTH CONFERENCE»

[…] Entre las diversas propuestas del Pacto Educativo Global, me gustaría recordar
dos que vi también presentes en vuestra Conferencia.
La primera es “Abrirse a la acogida”, y de ahí el valor de la inclusión; no dejarse
arrastrar por ideologías miopes que quieren mostraros al otro, al que es diferente,
como un enemigo. El otro es una riqueza. La experiencia de millones de estudiantes
europeos que han participado en el Proyecto Erasmus atestigua que los encuentros
entre personas de diferentes pueblos ayudan a abrir los ojos, la mente y el corazón.
Es bueno tener “ojos grandes” para abrirse a los demás. No se discrimina a nadie,
por ningún motivo. Ser solidario con todos, no sólo con los que se parecen a mí, o
muestran una imagen de éxito, sino con aquellos que sufren, sin importar su
nacionalidad o condición social. No olvidemos que en el pasado millones de
europeos tuvieron que emigrar a otros continentes en busca de un futuro. Yo
también soy hijo de italianos que emigraron a Argentina.
El objetivo principal del Pacto Educativo es educar a todos en una vida más
fraterna, basada no en la competitividad sino en la solidaridad. Que vuestra mayor
aspiración, queridos jóvenes, no sea entrar en entornos educativos de élite, donde
sólo pueden acceder los que tienen mucho dinero. Estas instituciones suelen tener
interés en mantener el status quo, en formar a las personas para que el sistema
funcione tal y como está. Más bien hay que valorar aquellas realidades que
combinan la calidad educativa con el servicio a los demás, sabiendo que la finalidad
de la educación es el crecimiento de la persona orientado al bien común. Son estas
experiencias de solidaridad las que cambiarán el mundo, no las experiencias
“exclusivas” (y excluyentes) de las escuelas de élite. Excelencia sí, pero para todos,
no sólo para algunos.
Os sugiero que leáis la Encíclica Fratelli tutti (3 octubre 2020) y el Documento sobre
la Fraternidad humana (4 febrero 2019) firmado junto al Gran Imán de Al-Azhar. Sé
que muchas universidades y escuelas musulmanas están estudiando estos textos
con interés, por lo que espero que a vosotros también os entusiasmen. Por tanto,
educación no sólo para “conocerse a sí mismo”, sino también para conocer al otro.
[…]

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A UNA DELEGACIÓN DEL PATRIARCADO ECUMÉNICO DE CONSTANTINOPLA

[…] Iglesias hermanas, pueblos hermanos: la reconciliación entre cristianos
separados, como contribución a la pacificación de los pueblos en conflicto, resulta
hoy más actual que nunca, mientras el mundo está consternado por una agresión
bélica cruel e insensata, en la cual muchos cristianos combaten entre sí. Pero frente
al escándalo de la guerra, ante todo no hay que hacer consideraciones: hay que
llorar, socorrer y convertirse. Hay que llorar por las víctimas y la demasiada sangre
derramada, la muerte de tantos inocentes, los traumas de las familias, ciudades, de
un pueblo entero: ¡Cuánto sufrimiento en aquellos que han perdido a sus seres
queridos y se ven obligados a abandonar su hogar y su patria! Hay que socorrer a
estos hermanos y hermanas: es una llamada a la caridad que, como cristianos,
estamos obligados a ejercer hacia Jesús migrante, pobre y herido. Pero también es
necesario convertirse para comprender que las conquistas armadas, las
expansiones y los imperialismos nada tienen que ver con el Reino que Jesús
anunció, con el Señor de la Pascua que en Getsemaní pidió a los discípulos que
renunciaran a la violencia, que depusieran la espada en su lugar «porque todos los
que empuñen espada, a espada perecerán» (Mt 26,52); y truncando todas las
objeciones dijo: «¡Basta ya!» (Lc 22,51). […]

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA DE LA REUNIÓN DE LAS OBRAS PARA LA AYUDA A LAS IGLESIAS ORIENTALES (ROACO)

[…] Por favor, seguid manteniendo el icono del buen samaritano delante de
vuestros ojos: lo habéis hecho y sé que lo seguiréis haciendo también por el drama
provocado por el conflicto que desde Tigray ha vuelto a herir a Etiopía y en parte a
la vecina Eritrea, y especialmente por la amada y martirizada Ucrania. Allí se ha
vuelto al drama de Caín y Abel; se ha desencadenado una violencia que destruye la
vida, una violencia luciferina, diabólica, ante la cual nosotros creyentes estamos
llamados a reaccionar con la fuerza de la oración, con la ayuda concreta de la
caridad, con cada medio cristiano para que las armas dejen lugar a las
negociaciones. Quiero daros las gracias por contribuir a llevar la caricia de la Iglesia
y del Papa a Ucrania y a los países donde han sido acogidos los refugiados.
En la fe sabemos que las alturas de la soberbia y la idolatría humana serán
disminuidas, y los valles de desolación y de lágrimas colmados, pero también
quisiéramos que se cumpla pronto la profecía de paz de Isaías: que un pueblo no
alce más la mano contra otro pueblo, que las espadas se conviertan en arados y las
lanzas en hoces (cf. Is 2,4). En cambio, todo parece ir en la dirección opuesta: la
comida disminuye y el fragor de las armas aumenta. Es el esquema cainita que
sostiene hoy la historia. Por eso no dejemos de orar, de ayunar, de ayudar, de
trabajar para que los caminos de la paz encuentren espacio en la jungla de los
conflictos. […]

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS MIEMBROS DEL SÍNODO DE LA IGLESIA GRIEGO MELQUITA

[…] I drammi degli ultimi mesi, che tristemente ci costringono a volgere lo sguardo
all’est dell’Europa, non ci devono far dimenticare quello che da dodici anni si
consuma nella vostra terra. Io ricordo, il primo anno di pontificato, quando era
preparato un bombardamento sulla Siria, che abbiamo convocato una notte di
preghiera, qui, in San Pietro, così anche c’era il Santissimo Sacramento e la piazza
piena, che pregava. C’erano anche dei musulmani, che avevano portato il loro
tappeto e pregavano con noi. E lì è nata quell’espressione: “Amata e martoriata
Siria”. Migliaia di morti e feriti, milioni di rifugiati interni e all’estero, l’impossibilità
di avviare la necessaria ricostruzione. In più di un’occasione mi è capitato di
incontrare e sentire il racconto di qualche giovane siriano giunto qui, e mi ha colpito
il dramma che portava dentro di sé, per quanto ha vissuto e visto, ma anche il suo
sguardo, quasi prosciugato di speranza, incapace di sognare un futuro per la sua
terra. Non possiamo permettere che anche l’ultima scintilla di speranza sia tolta
dagli occhi e dai cuori dei giovani e delle famiglie! E rinnovo quindi l’appello a tutti
coloro che hanno responsabilità, dentro il Paese e nella Comunità internazionale,
perché si possa giungere ad una equa e giusta soluzione al dramma della Siria. […]

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DISCURSO DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS OBISPOS Y SACERDOTES DE LAS IGLESIAS DE SICILIA

[…] Sicilia no está fuera de este cambio; es más, como ha sucedido en el pasado,
se encuentra en el centro de recorridos históricos que los pueblos continentales
diseñan. Esta ha acogido a menudo los pasos de esos pueblos, ya sea dominadores
o migrantes, y acogiéndoles les ha integrado en su tejido, desarrollando una cultura
propia. Recuerdo cuando, hace 40 años, me hicieron ver una película sobre Sicilia:
“Kaos”, se llamaba. Eran cuatro historias de Pirandello, el gran siciliano. Me quedé
impresionado por esa belleza, esa cultura, esa “insularidad continental”, digamos
así… Pero esto no significa que sea una isla feliz, porque la condición de insularidad
incide profundamente en la sociedad siciliana, terminando por resaltar las
contradicciones que llevamos dentro de nosotros. De modo que se asiste en Sicilia a
comportamientos y gestos marcados tanto por grandes virtudes como por crueles
atrocidades. Como también, junto a obras maestras de extraordinaria belleza
artísticas se ven escenas de abandono mortificante. E igualmente, frente a hombres
y mujeres de gran cultura, muchos niños y jóvenes evaden la escuela
permaneciendo fuera de una vida humana digna. La cotidianidad siciliana asume
expresiones fuertes, como los intensos colores del cielo y de las flores, de los
campos y del mar, que resplandecen por la fuerza de la luminosidad solar. No es
casualidad que se haya derramado tanta sangre de mano de los violentos, pero
también por la humilde y heroica resistencia de los santos y justos, servidores de la
Iglesia y del Estado.
La situación social actual en Sicilia está en fuerte regresión desde hace años; una
señal precisa es la despoblación de la isla, debido tanto a la caída de los
nacimientos —este invierno demográfico que estamos viviendo todos— como a la
emigración masiva de los jóvenes. La desconfianza en las instituciones alcanza
niveles elevados y la disfunción de los servicios sobrecarga el desarrollo de las
prácticas cotidianas, no obstante los esfuerzos de personas válidas y honestas, que
quisieran empeñarse para cambiar el sistema. Es necesario comprender cómo y en
qué dirección Sicilia está viviendo el cambio de época y qué caminos podría
emprender, para anunciar, en las fracturas y coyunturas de este cambio, el
Evangelio de Cristo. […]

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ENCUENTRO DEL SANTO PADRE FRANCISCO CON LA DELEGACIÓN DEL FONDO MUNDIAL DE SOLIDARIDAD

Caro fratello Cardinale Tomasi,
cari amici!
Sono lieto di incontrarvi di nuovo e di vedere che il vostro cammino va avanti.
Il vostro nome, Global Solidarity Fund, è incentrato su una parola-chiave:
solidarietà. È uno dei valori portanti della dottrina sociale della Chiesa. Ma per
concretizzarsi va accompagnato con la vicinanza e la compassione verso l’altro, la
persona emarginata, verso il volto del povero, del migrante.
La composizione del gruppo con cui oggi qui rappresentate il Global Solidarity Fund
è significativa: appartenente ad ambiti molto differenti, ma lavorate insieme per
dare vita a un’economia più inclusiva, per creare integrazione e lavoro per i
migranti in uno spirito di ascolto e di incontro. Un percorso coraggioso!
Vi ringrazio per i doni che mi avete portato da parte dei migranti che partecipano ai
vostri programmi in Colombia e in Etiopia. Benedico ciascuno di loro e benedico voi
e il vostro lavoro. Andate avanti in questo impegno a sostegno dei migranti e delle
persone più fragili, mettendo in comune i vostri talenti. E non dimenticatevi di
pregare per me.

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS PARTICIPANTES EN EL CONSEJO PLENARIO DE LA COMISIÓN CATÓLICA INTERNACIONAL PARA LAS MIGRACIONES

Cari fratelli e sorelle,
sono lieto di rivolgere il mio saluto a tutti voi, che partecipate al Consiglio Plenario
della Commissione Internazionale Cattolica per le Migrazioni.
In questi giorni siete chiamati a svolgere tre compiti molto importanti: eleggere il
nuovo quadro direttivo della Commissione, approvare i nuovi statuti e determinare
le linee operative per i prossimi anni. Colgo volentieri questa occasione per
sottolineare alcuni punti che ritengo possano aiutarvi nel vostro discernimento.
La Commissione è stata fondata dal Venerabile Papa Pio XII, nel 1951, per formare,
tra le Conferenze Episcopali nel mondo intero, una rete che potesse assisterle nel
loro servizio pastorale a favore dei migranti e dei rifugiati. La sua natura e la sua
missione ecclesiale la contraddistinguono rispetto ad altre organizzazioni operanti
nella società civile e nella Chiesa. La Commissione, infatti, è espressione collegiale
dell’azione pastorale, in ambito migratorio, dei vescovi che, in comunione con il
Papa, partecipano della sua «sollecitudine per la Chiesa Universale in un vincolo di
pace, di amore e di unità» (Lumen gentium, 22). Per questo, nella Costituzione
apostolica Praedicate Evangelium, essa è menzionata e collocata tra le competenze
del Dicastero per il Servizio dello Sviluppo Umano Integrale (cfr Art. 174 § 2), così
che la sua natura e la sua missione siano salvaguardate in accordo con i principi
originari. Nel Consiglio Plenario voi rappresentate ufficialmente le Conferenze
Episcopali che hanno dato la propria adesione alla Commissione. La loro volontà di
impegnarsi insieme per accogliere, proteggere, promuovere e integrare i migranti e
i rifugiati è confermata dalla vostra presenza.
La missione ecclesiale della Commissione si realizza in due direzioni: ad intra e ad
extra. Essa è anzitutto chiamata ad offrire un’assistenza qualificata alle Conferenze
Episcopali e alle Diocesi che si trovano a dover rispondere alle tante e complesse
sfide migratorie del tempo presente. Si impegna, pertanto, a favorire lo sviluppo e
l’attuazione di progetti di pastorale migratoria e la formazione specializzata degli
agenti pastorali in ambito migratorio, sempre a servizio delle Chiese particolari e
secondo le competenze proprie.
Ad extra, la Commissione è chiamata a rispondere alle sfide globali e alle
emergenze migratorie con programmi mirati, sempre in comunione con le Chiese
locali. Essa, inoltre, è incaricata di svolgere attività di advocacy come
organizzazione della società civile in ambito internazionale. La Commissione
impegna la Chiesa e lavora per una più vasta sensibilizzazione internazionale circa
le tematiche migratorie, al fine di favorire il rispetto dei diritti umani e la
promozione della dignità delle persone secondo gli orientamenti della dottrina
sociale della Chiesa.
Vi ringrazio di cuore per tutto il lavoro che la Commissione ha compiuto negli ultimi
settant’anni. Molte di queste azioni hanno avuto un’incidenza davvero
determinante. Vi ringrazio, in particolare, per l’impegno profuso ad aiutare le Chiese
a rispondere alle sfide legate al massiccio sfollamento provocato dal conflitto in
Ucraina. Si tratta del più grande movimento di profughi verificatosi in Europa dopo
la seconda guerra mondiale.
Non possiamo dimenticare, tuttavia, i milioni di richiedenti asilo, rifugiati e sfollati in
altre parti del mondo, che hanno un disperato bisogno di essere accolti, protetti e
amati. Come Chiesa vogliamo servire tutti e lavorare alacremente per l’edificazione
di un futuro di pace. Voi avete la possibilità di dare un volto alla carità operosa della
Chiesa nei loro confronti!
Auguro a tutti un lavoro fruttuoso e vi assicuro il mio ricordo nella preghiera. E voi,
per favore, non dimenticatevi di pregare per me.

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DISCURSO DO PAPA FRANCISCO AOS MEMBROS DA FRATERNIDADE POLÍTICA CHEMIN NEUF

Cari amici!
Sono contento di accogliere voi giovani membri della “Fraternità Politica” di Chemin
Neuf. Quando ci siamo incontrati l’anno scorso, avevate affidato alla mia preghiera
la vostra partecipazione all’evento Changemakers, a Budapest. Là avete avuto
momenti di incontro, di formazione, ma anche di azione, presso associazioni locali.
Il modo in cui avete vissuto questo evento mi sembra una buona attuazione del
vero significato di quello che è la politica, specialmente per dei cristiani. La politica
è incontro, riflessione, azione.
La politica è anzitutto arte dell’incontro. Certamente, questo incontro si vive
accogliendo l’altro e accettando la sua differenza, in un dialogo rispettoso. Come
cristiani, tuttavia, c’è di più: poiché il Vangelo ci chiede di amare i nostri nemici (cfr
Mt 5,44), non posso accontentarmi di un dialogo superficiale e formale, come quei
negoziati spesso ostili tra partiti politici. Siamo chiamati a vivere l’incontro politico
come un incontro fraterno, soprattutto con coloro che sono meno d’accordo con noi;
e ciò significa vedere in colui con cui dialoghiamo un vero fratello, un figlio amato di
Dio. Questa arte dell’incontro comincia dunque con un cambiamento di sguardo
sull’altro, con un accogliere e rispettare senza condizioni la sua persona. Se tale
cambiamento del cuore non avviene, la politica rischia di trasformarsi in un
confronto spesso violento per far trionfare le proprie idee, in una ricerca di interessi
particolari piuttosto che del bene comune, contro il principio che “l’unità prevale sul
conflitto” (cfr Evangelii gaudium, 226-230).
Dal punto di vista cristiano, la politica è anche riflessione, cioè formulazione di un
progetto comune. Un uomo politico del XVIII secolo, Edmund Burke, spiegava così
agli elettori di Bristol che non avrebbe potuto limitarsi a difendere i loro interessi
particolari, ma che sarebbe stato piuttosto inviato, a loro nome, per elaborare con
gli altri membri del Parlamento una visione per il bene dell’intero Paese, per il bene
comune. Come cristiani, comprendiamo che la politica, oltre che attraverso
l’incontro, si porta avanti con una riflessione comune, alla ricerca di questo bene
generale, e non semplicemente con il confronto degli interessi contrastanti e spesso
opposti. Insomma, “il tutto è superiore alla parte” (cfr ibid., 234-237). E la nostra
bussola per elaborare questo progetto comune è il Vangelo, che apporta al mondo
una visione profondamente positiva dell’uomo amato da Dio.
Infine, la politica è anche azione. Mi rallegro che la vostra Fraternità non si
accontenta di essere uno spazio di dibattito e di scambio, ma vi conduce anche a un
impegno concreto. Come cristiani, abbiamo bisogno di confrontare sempre le nostre
idee con lo spessore del reale, se non vogliamo costruire sulla sabbia che prima o
poi finisce per cedere. Non dimentichiamo che “la realtà è più importante dell’idea”
(cfr ibid., 231-233). E pertanto incoraggio il vostro impegno in favore dei migranti e
dell’ecologia. Così ho appreso che alcuni di voi hanno scelto di vivere insieme in
mezzo a un quartiere popolare di Parigi, per stare in ascolto dei poveri: ecco un
modo cristiano di fare politica! Non dimenticare queste linee, che la realtà è più
importante dell’idea: non si può fare politica con l’ideologia. Il tutto è superiore alla
parte, e l’unità è superiore al conflitto. Sempre cercare l’unità e non perdersi nel
conflitto. […]